martes, 8 de junio de 2010

BAILAR, BAILAR, SOLO MOVERSE.

Como una historia “de amor y de miedo” define Jorge Carrigán su novela “Bailar con la más fea” (Atompress. www.atompress.org ). Y sin dudas hay mucho de amor y mucho de miedo en esta novela; sin embargo, cuando luego de leerla la palabra que mejor definiría esa incomoda sensación que me provoca es “frustración”.

Desde el título mismo nos induce a pensar en una historia a cuyos protagonistas les tocó andar por el camino más difícil. En el argot popular cubano “bailar con la más fea” significa que a uno le ha correspondido la peor de las opciones y esta aseveración lleva implícito que alguien propició ese infortunio. Pero los cubanos generalmente no nos sentimos desafortunados sino “jodidos”, un término algo brusco que el uso ha vuelto cotidiano. Desde el inicio se percibe que los personajes que nos muestra Carrigán son seres que están jodidos. Seres a los que algo o alguien jodió; y en cada momento se siente, o se presiente que algún elemento exógeno, ambiguo, ha sido la fuente de los males. El tono general de la novela denota eso que en Suramérica nombran “malparidez”, un estado de ánimo negativo donde se mezclan en confusas proporciones la tristeza, la desesperanza, la rabia (tal vez, el rencor) y la impotencia. Los protagonistas de esta historia son personajes derrotados.
Este es, pues, un canto de desesperanza.

Bailar con la más fea no es la historia de una desgracia sucedida sino de una en curso. No es algo pasado, sino que está pasando, que seguirá pasando y que no hay forma de detener. Más allá de los visibles elementos propios de la literatura del absurdo que presenta (muy evidentes en la semblanza del personaje identificado como El Mequetrefe) esta es la novela de un mundo absurdo, de unas vidas absurdas que se rigen por unos valores absurdos.

El absurdo es un estilo literario que se percibe como una clara influencia en la obra de Jorge Carrigán. Léase si no la obra teatral “El hueco en la pared”, donde este elemento es determinante. Sin embargo, en Bailar con la más fea lo encontramos de manera más tenue, es como un vaho que atraviesa toda la trama, produciendo periódicamente una especie de extrañamiento, una interrogante sobre la realidad que nos cuenta.

Es también una historia donde la desconfianza y la traición son protagonistas. No se trata de una paranoia abstracta e idealizada, sino de una que se evidencia en los sucesos. La sociedad que se refleja en la narración está fuertemente controlada por un poder omnisciente y omnipotente. Esta autoridad superior e implacable tiene muchos rostros: rostros borrosos, mezquinos, grises, como la camisa del “hombre que fuma”; pero que sean difusos no significa que sean débiles, sino todo lo contrario. “Aquí uno no ama ni odia al prójimo. Aquí uno se cuida del prójimo porque nunca se sabe quién es quién”. Esa es la enfermedad más grave que puede tener un grupo humano. Esa es la sensación más devastadora que puede sentir un individuo, con ese sentimiento el hombre se reprime a si mismo, se aísla, pierde la capacidad de ser gregario.

El verdadero rostro del represor nunca se ve: los rostros que acechan y ejecutan son rostros comunes, cotidianos, prescindibles; pueden ser incluso rostros amados o por lo menos amigables que trasmutan en amenaza. Los personajes de esta novela están presos en un circulo vicioso, en un sistema que los devora y ellos no alcanzan siguiera a rebelarse contra este, a denunciarlo.

Sin que el tono de la narración sea nostálgico, los personajes que Carrigán nos muestra son seres añorantes del pasado, de algún punto pretérito en el que fueron jóvenes o bellos, donde rebosaban de ilusiones o de posibilidades. Quizás lo peor que les sucede a Benjamín y a Gilda es haber tenido un pasado donde el amor o el éxito eran posibles. Ambos tienen un punto que añorar, un ideal que desear.

Si bien esta novela no comienza aseverando “El día que lo iban a matar…” como audazmente hiciera García Márquez en “Crónica de una muerte anunciada”, desde el inicio “Bailar con la más fea” nos presagia el fracaso de los protagonistas y nos deja la tentación de leerla solo para saber cómo pasó. El narrador les habla a sus personajes en futuro, como si fueran a moverse, pero se sabe que no van para ningún lugar. Bailan, pero no están de fiesta. Quedan los ritos pero ya no hay convicción. Los personajes trágicos marchan hacia la destrucción pero no pueden detenerse porque los alienta un impulso heroico. Los protagonistas de esta novela, en cambio, están detenidos, no pueden moverse aún cuando saben que esa quietud es un anticipo de la muerte. Saben que no serán mártires, sino difuntos anónimos; y el aliento les alcanza sólo para bailar, bailar al ritmo que les impongan, moverse, hacer un simulacro de vida.




Junio 7 de 2010, Valle del Cauca, Colombia